Nuestros pastores

Hace unos días, más precisamente en los días previos a la Pascua, me detuve especialmente en la lectura de los pasajes bíblicos que rodearon a los acontecimientos de la muerte y resurrección de Jesús. Pasajes que uno tiene siempre presentes, y que a fuerza de repetir su lectura pareciera que ya aprendimos todo lo que nos pueden decir. Pero sabemos que la Palabra de Dios siempre tiene algo nuevo para sorprendernos… y me detuve en las mujeres. Sí, en esas mujeres que acompañaron a Jesús con su bajo perfil, su humildad y su fe inquebrantable. Mujeres que, aunque de otro tiempo, se parecían a nosotras, las mujeres de hoy.

 

Seguramente en esa mañana de la resurrección, atravesadas de tristeza y de miedo, fueron entre las sombras hacia el lugar donde esperaban encontrar el cuerpo de su Señor. Como era costumbre de la época, llevaban vasijas con ungüentos y perfumes. Me las imagino caminando apuradas, sin decir nada, reteniendo en el fondo del alma una esperanza callada y escondida. ¡Qué habrán experimentado cuando bajo la tenue luz del amanecer, alcanzaron a ver que la inmensa piedra que tapaba la entrada de la tumba estaba corrida de su lugar! Habrán sentido que el corazón se les salía del pecho cuando paso tras paso, se atrevieron a asomarse a la oscura boca abierta del sepulcro…y encontraron la tumba vacía! 

Uno de los pasajes nos relata que fueron dos ángeles de ropas blancas quienes les dijeron que Jesús ya no estaba en ese lugar. Ellos les dijeron lo que de allí en más y para siempre, sería la raíz distintiva de sus vidas: Jesús, el Maestro, había resucitado, y así se abría una nueva esperanza, una esperanza eterna.

 

Ellas…Magdalena, Juana, maría la madre de Jacobo y las otras, emocionadas habrán vuelto corriendo y saltando entre risas y lágrimas, con los sentimientos a flor de piel (como también los experimentamos las mujeres de este siglo veintiuno), a contar que su Señor había resucitado. Para ellas había amanecido la esperanza, y para todos los que habían seguido a Jesús en ese tiempo tan difícil... Y hoy, más de dos mil años después, también para todos nosotros existe una nueva esperanza aguardándonos cada mañana. Esperanza frente a lo difícil, frente a la incertidumbre, frente a la injusticia. Esperanza para un niño y su inocencia, para un joven y sus proyectos, para un adulto y sus decisiones, para un anciano y sus limitaciones. Esperanza en lo cotidiano, en mi familia y en mi trabajo. Esperanza en esta mañana de lunes, pero también a largo plazo. Y la que supera a todas: la esperanza eterna, esa que será para siempre! ¿Y por qué?  Porque sabemos en quién hemos creído. En ese Señor que bebió esa copa amarga por su Amor, Amor que le dio el poder para vencer al pecado, vencer a la muerte… y a la desesperanza!

 

…Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha llenado con su amor nuestro corazón por medio del Espíritu Santo que nos ha dado”.

Romanos 5:5

                                           

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