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Muchos hombres caminaron literalmente con Dios por los polvorientos caminos de Palestina.

Recorrieron kilómetros a pie de pueblo en pueblo, siguiendo los pasos de su maestro. Aprendían a la par que caminaban y caminaban a la par que se iban apropiando de valiosos tesoros espirituales. Recogían para sí de los mensajes que Jesús, el Dios encarnado, dirigía a las multitudes, pero las joyas más preciadas fueron seguramente recolectadas bajo la intimidad del paso lento, en la charla amasada sobre el camino.

Sólo un pu­ñado de hombres tuvo el privilegio de andar con Dios de esta manera por el camino. Pero ellos no fueron los únicos, la Escritura nos cuenta de otros que también antes caminaron con Dios, entre ellos Enoc, Noé y Abraham.

Después de los 12, otros hombres y mujeres fueron invitados a caminar con Dios y no declinaron esa invitación. Entre ellos nos encontramos con Saulo, que antes de caminar junto a Cristo a paso lento y pausado lo perseguía vorazmente lleno de odio y justicia propia. Tuvo que ser tirado del caballo y dejado ciego para entender que no caminaba con el Dios de Israel como creía, sino que perseguía a su propio Señor.

¿Eres tú uno de los que camina hoy con Dios? ¿Eres de los íntimos que comparten con Él el camino? ¿De los que escuchan su voz y recogen tesoros? ¿De los que se dejan guiar y caminan confiados? ¿Eres uno de los que deja huellas junto al maestro, para que otros viéndolas deseen unírseles en el camino?

Los 12 que caminaron literalmente con Dios, fueron invitados por Jesús mismo: ¡Sígueme! Y en algún momento más adelante debieron replantearse si querían seguir junto a él, pues el mismo que los llamó les preguntó: ¿También ustedes quieren irse? (Juan 6:67) Pero por ese tiempo Pedro ya había comprendido, tal vez por caminar lo suficiente con Dios, que verdaderamente no había otro a quien ellos pudieran seguir: ¿A quién iremos Señor? Sólo tú tienes Palabras de vida eterna.

¿Con quién eliges caminar tú?

El camino se camina con el amigo, con el que se comparte el paso firme pero también la caída.

Se camina con el que te revela sus planes y tú le confías tus sueños; planes y sueños que de tanto andar juntos se han convertido en lo mismo.

El camino se comparte con uno en quien se confía, y que durante el caminar te ha probado repetidas veces y de mil maneras que no abandona sin importar las desventuras del camino.

Se camina con uno que no reprocha, sino que paciente escucha y no calla sino que te enseña a no correr riesgos y a estar atento a los peligros del camino.

Se camina con uno que conociendo tu corazón sigue eligiendo cada día seguir caminando conmigo.

El camino se comparte con uno que consuela cuando no comprendes el dolor de andar por el camino, con uno que te carga cuando la tristeza ha hecho pesado o imposible el paso.

Se camina con uno que te habla de lo que hay al final del camino y mientras caminas te infunde fuerzas y esperanza para seguir adelante sin quedar en el camino.

Sólo uno puede darle verdadero sentido a tu caminar, llenarte de tal manera que puedas sentir la plenitud de compartir con él el camino.

Los que caminan juntos se eligen, Dios te invita a caminar con él: ¿eliges tú caminar a su lado?

“Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno.
¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti,
sino sólo practicar la justicia, amar la misericordia,
y andar humildemente con tu Dios?”

(Miqueas 6:8 – LBLA)

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