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Archivo de los Boletines quincenales

En estos últimos tiempos, me sorprendo repitiendo esta frase bastante seguido, más de lo que yo quisiera, (y más de lo que mi familia quisiera), porque hasta mi hija menor me lo hizo saber: - “Mamá, todo el tiempo estás diciendo: ¡qué injusticia!” Es que en este mundo en el que estamos inmersos, en esta parte de la historia en la que nos toca ser partícipes; en esta época en que los medios de comunicación masivos nos invaden con sus imágenes duras y muchas veces tan crueles y hasta en el momento mismo de los hechos, no nos dan tiempo a “acostumbrarnos”, a “internalizarla”, a “aceptar” esa injusticia... ¿ES QUE DEBEMOS ACEPTARLA? No creo que esa deba ser la actitud que como hijos de Dios debamos asumir.

Quiero compartir con ustedes algunas palabras que en un momento salieron de mi corazón para ser plasmadas en una servilleta blanca de papel:

INJUSTICIA...
palabra que sabe a hiel,
realidad que espesa el aire,
ahogando mi pecho.
Hermana de la impotencia,
flecha aguda
removiendo mis entrañas,
y mordaza obligando a mi silencio.
Injusticia...
enemiga de la vida,
ladrona de ilusiones;
culpable de tantos llantos...ya secos.
Aliada de la violencia,
dardo que inmoviliza a los débiles,
que quita fuerzas al que lucha
y da poder a los “dueños” de la tierra.
¿Por qué transformas con vileza
en pobres y tristes despojos,
lo poco que aquí les pertenece?...

Sí, reconozco que son palabras tristes y de impotencia porque son justamente esos sentimientos los que me genera. Son palabras de reclamo a esa injusticia que nunca va a escuchar, porque no tiene ni oídos, ni vista...ni corazón.

Y entonces, ¿qué puedo hacer yo? ¿Qué podemos hacer nosotros como hijos de ese Dios que sí es Justo? Ya no quiero palabras de desesperanza, sino palabras de fe y de compromiso para abolir este flagelo llamado injusticia. Y no sólo palabras, si no hechos.

Yo no puedo hacer justicia por los que están tan lejos del otro lado del mundo, ni por los que salen en los programas de noticias; pero sí puedo, sí podemos hacerlo, por todo aquel que está cerca nuestro. Ejercer justicia basada en ese amor que Dios me enseña hacia algún miembro de mi familia, en algo concreto; por mi vecino si necesita alguien que lo defienda, por esa señora que es anciana y está sola. Por ese niño que está siendo maltratado o abusado en su casa, y por quien yo puedo hacer justicia con una llamada telefónica al lugar que corresponde. Por mi alumno si soy docente, por mi paciente si soy un médico, por mi cliente si soy abogado, o por mi compañero de clase con quien comparto mi colegio o mi carrera universitaria. Tenemos oportunidad de hacer justicia en pequeñas (o grandes cosas) que sin darnos cuenta, pueden ser la bisagra para el cambio de la vida de alguien. ¿Y por qué es posible? Porque no podemos hacerlo sin someternos a la guía de ese Dios Justo y Poderoso, quien ha hecho tantas promesas respecto a estas situaciones:

“El Señor es el que hace justicia y derecho a todos los que padecen violencia” Salmo 103:6

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” Mateo 5:6

Y entonces... comparto el final del poema en mi servilleta de papel:

Injusticia...
¡Qué pronto llegará tu fin!
Te veremos caer de rodillas,
ya con las manos crispadas,
rogando por nuestra piedad.
Te diremos que no la mereces,
que hacerlo sería algo injusto;
y serás derribada, ante la vista cansada
de todos los humildes de la tierra...
Y serás finalmente vencida,
por Aquel que es el Fuerte entre los fuertes,
y que de todo lo Justo...es el Dueño.

“Porque como la tierra produce su renuevo, y como el huerto hace brotar su semilla, así el Señor hará brotar justicia y alabanza delante de todas las naciones”
Isaías 61:11

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