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„…Porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús.”

Gálatas 6:17b

El Apóstol Pablo llevaba en su cuerpo físico las marcas del Señor Jesús. Eran cicatrices causadas por la persecución que había sufrido como soldado de la Cruz de Cristo. Fue apedreado hasta casi la muerte, maltratado y perseguido, su riesgosa actividad había dejado en él marcas, sin embargo estas cicatrices en la carne eran sólo un vestigio de las profundas marcas que la Cruz había dejado en su interior.

En la epístola a los Gálatas Pablo escribe:

“Porque por medio de la ley yo he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo he sido crucificado, 20 y ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí.” (Gálatas 2:19-20)

El pecado y la muerte se encuentran íntegramente relacionados a lo largo de toda la Escritura. Son causa y efecto. La ley establece la muerte como pena por el pecado y Pablo había comprendido muy bien algo: “He sido declarado culpable”. La ley exige mi muerte.

Es justamente allí, ante esta deuda impagable para el ser humano, que Dios interfiere con su plan de redención para el hombre. La ley ha sido satisfecha, Cristo ha pagado con su vida, la deuda ha sido saldada. Es en este contexto que Pablo afirma: “Con Cristo he sido crucificado,  y ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí.”

El perseguidor de cristianos, el fariseo, el en cuanto al cumplimiento a la ley irreprochable, ese Pablo ya no vive, sino que es Cristo quien vive en él.

Esto sucede en la vida de toda persona que comprende su posición delante de Dios, se sabe perdido e incapaz de remediar su situación. La salvación es sólo por la Gracia de Dios por medio de la fe en Jesucristo. Como Pablo hemos sido crucificados con Cristo y nuestra motivación para seguir viviendo no podría ser más conmovedora: la vida que ahora vivimos, la vivimos por la fe en el Hijo de Dios que nos amó y se entregó a la muerte por nosotros.

Sin embargo las implicancias de la Cruz en la vida del creyente son mucho más profundas y vastas.

Pablo escribe a los gálatas más adelante en la misma epístola: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.” (Gálatas 5:24-25)

Pablo se refiere aquí a la constante lucha del creyente: la carne en oposición al Espíritu, el hombre viejo en contraposición al hombre nuevo.

Si con Cristo hemos sido juntamente crucificados (pasivo), hemos nosotros mismos (activo) de crucificar nuestra naturaleza carnal con sus pasiones y malos deseos.

En su libro “La Cruz de Cristo”, John Stott nos llama a una reflexión muy interesante sobre esta porción del texto bíblico.

La crucifixión era una forma de ejecución cruel y horrorosa. Para el crucificado no había misericordia ni consideración. El crucificado era un maldito para el cual no existían consideraciones ni perdón.

Ésta, dice Stott, es una metáfora asombrosa de cómo debe ser nuestra actitud frente a la propia naturaleza carnal.

No debemos subestimarla, ni confiar en ella. No debemos hacer lugar a sus caprichos, ni alentarla o aún tolerarla. ¡Más bien debemos rechazarla con toda nuestra energía!

Los cristianos muchas veces estamos muy ocupados crucificando la naturaleza carnal del hermano, dejando que la propia haga y deshaga a gusto, en nuestras relaciones, en nuestra familia y en nuestra iglesia.

Si no somos conscientes de esta lucha en nuestro interior y de la actitud correcta que debemos tener frente a la naturaleza pecaminosa que vive en nosotros, ella se enseñoreará de nuestras vidas y lejos estaremos de manifestar los frutos del Espíritu.

Las marcas que Pablo llevaba en el cuerpo, eran un estigma de Cristo que lo validaban como un verdadero soldado y esclavo de Jesucristo. Tal vez en el lugar en donde vivimos no seamos apedreados, golpeados o encarcelados por predicar la Cruz, de modo que nuestro cuerpo no lleva esas marcas que Pablo y muchos cristianos perseguidos llevan hoy en su cuerpo físico. ¿Pero qué hay de nuestro interior? ¿Puedes ver las marcas de la Cruz en tu espíritu? ¿Eres un despiadado soldado romano en lo que a tu naturaleza carnal respecta?

Tomás dijo a los discípulos cuando éstos le contaron que habían estado con el Cristo resucitado: “Si no veo la señal de los clavos no creeré.”

Esto mismo dice el mundo de hoy que no conoce a Cristo a la Iglesia: “Si no veo la señal de los clavos no creeré.” Esto mismo te dice a ti, tu amigo, tu pariente, tu compañero de trabajo, tu vecino a ti: “Si no veo en ti la señal de los clavos no creeré.”

Es mi deseo que el Espíritu que mora en ti, plante este anhelo en lo profundo de tu corazón:

¡Quiero llevar tus marcas, Señor!

 

 

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