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"
Jehová es bueno, fortaleza en el día de la angustia;
y conoce a los que en Él confían."


Nahúm 1:7



No hay persona ni grupo de personas, ni poder en la tierra, ni en el cielo, que pueda tocar el alma que mora en Cristo sin antes pasar por la presencia de Dios que nos circunda y recibir el sello de su permiso. Si Dios está conmigo, no importa quién esté en contra de mí; nada puede estorbarme ni hacerme daño, excepto si Dios considera que es lo mejor para mí y se pone a un lado para dejarlo pasar.

El cuidado terrenal de los padres por sus hijos indefensos es una débil ilustración de esto. Si el hijo está en los brazos del padre, nada lo puede tocar sin el consentimiento de su padre, a no ser que esté sea muy débil para prevenirlo. Y si ese fuera el caso, él es el primero en sufrir el daño antes de permitir que alcance a su hijo. Si los padres terrenales pueden cuidar así de sus hijitos indefensos, ¡cuánto más lo hará nuestro Padre Celestial, cuyo amor es infinitamente superior y cuya fortaleza y sabiduría nunca se desconcierta!

Entonces, lo que se necesita es ver a Dios en todo y recibirlo todo de sus manos, sin intervención de causas secundarias. Y es precisamente a este estado que tenemos que llegar antes de tener la experiencia perdurable de total abandono y perfecta confianza. Debemos descansar por completo en Dios y no en los hombres, confiar en él y no en los brazos humanos, o de lo contrario caeremos en la primera prueba.

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