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Durante el tiempo de mi meditación personal, siempre reflexiono en el desafío de ser una vida que testifique de Cristo. Que evangelice a diario. Muchas veces se asocia el “evangelismo”, con la figura del predicador que anuncia el mensaje a un grupo de personas. Una labor de algunos. Sin embargo, es una labor de todos. Y esto no significa que todos deban subir a una plataforma y micrófono en mano, predicar el mensaje, aunque es provechoso que algunos lo hagan.

El verdadero Evangelio, la buena noticia tiene más canales de expansión de lo que pensamos. Nuestra vida diaria es un completo mensaje… la pregunta sería: ¿Es evangelístico el mensaje que doy? En lo que pienso y digo, en mis conductas, decisiones, acciones.

Pensemos en Jesús, el ejemplo perfecto de una vida perfecta. Perfecta en pureza, santidad, obediencia y ministerio. Pero claro… es Jesús! Nuestra inalcanzable meta.

Entonces recuerdo a Saulo de Tarso… lo imagino detenido cerca del moribundo Esteban, quién dando gloria al Señor en un impactante mensaje y entregando su vida, expiraba a los brazos del maestro convirtiéndose en el primer mártir (Hechos 7) mientras aquel perseguidor de la iglesia aprobaba aquel acto contra la iglesia de Cristo.

En este marco, de perseguidor activo, camino a Damasco Saulo de Tarso tendría aquel profundo encuentro con Jesús (Hechos 9). Y entonces su vida cambiaría por completo. Sería el apóstol Pablo desde entonces y en la Palabra encontramos narrado su testimonio de regeneración completa, que lo trasformó en un ejemplo vivo de lo que significa la obra de Dios en la vida de un hombre.

No sólo dejó de perseguir a los cristianos, sino que se convirtió en uno activo, llevando el Evangelio a todos lados, en una obra misionera que afectó todo el imperio romano. Sufrió persecución, encarcelamiento, fue apedreado, naufragio, hambre, frío, y tantas cosas que no pudieron doblegar su fe.

Y no sólo no la doblegaron, sino que sirvieron de testimonio a otro.

Hechos 16

23 Después de haberles azotado mucho, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con seguridad.

24 El cual, recibido este mandato, los metió en el calabozo de más adentro, y les aseguró los pies en el cepo.

25 Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían.

26 Entonces sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron.

27 Despertando el carcelero, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar, pensando que los presos habían huido.

28 Mas Pablo clamó a gran voz, diciendo: No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí.

29 El entonces, pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas;

30 y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?

31 Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.

32 Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa.

 

Pablo es encarcelado junto a Silas y lejos de lamentarse y temer, comienzan a cantar a Dios. Y la Gloria de Dios se hace presente de manera tal, que aun estando apresados y en los cepos, son liberados junto a todos los presos. Y ninguno se escapa.

Previo a esto, imagino a estos dos hombres alabando al Señor y dando testimonio del Evangelio. Y toda esta situación determina la conversión del carcelero, su familia y me gusta pensar que algunos otros presos también lo habrían hecho. No importaba la situación que el apóstol Pablo viviera, la que fuere servía para glorificar a Dios. Y esta actitud era un mensaje evangelístico poderoso.

Entonces me pregunto: ¿Cuál es el mensaje que doy día a día? Me pregunto si lo que los demás escuchan y ven de mis acciones puede glorificar a Dios de manera tal que pudieran preguntarme: “¿qué debo hacer para ser salvo?”…

Sólo deseo que mi encuentro con Jesús no sea egoísta y sólo para mí, sino que sirva para atraer a otros al Evangelio y de esta manera puedan escuchar la voz del Maestro llamándolos a arrepentimiento y dándoles la Salvación.

Es mi oración que todos los que conocemos la buena noticia la podamos hacer carne, vida, palabras, pensamientos y obras… y de esta manera glorificar a Dios en absolutamente todas nuestras áreas.

Amén!

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