Y de repente, un día cualquiera llega el momento de la prueba, o la enfermedad, o la ausencia… la despedida, el cambio… ¡Algo! Algo que nos pone de rodillas a implorar al Señor su acción, su respuesta.

            Y por lo general, podemos discernir dos opciones a Su respuesta; un “si”, o un “no”. Sin embargo… muchas veces entre nuestro:-“Amén”- y la voz de Dios en nuestras vidas, ocurre un tiempo espiritual que suele percibirse incluso, mucho más extenso que el tiempo cronológico real… Esa capacidad humana de sentir el tiempo de gozo más corto que aquel de dolor.

            Y es cuando nos embarga esa angustia de sentirse olvidado, ignorado… Como si ese Dios que sabemos real de repente ha girado su mirada de nosotros y hace silencio… un silencio que penetra en el alma e inmoviliza… y nos sentimos vulnerables y débiles.

            ¿Qué ha pasado? ¿Dónde queda ese bagaje de promesas de la Biblia de fortaleza, de poder, de milagros? Se leen tan frescas y hermosas en la Palabra pero se viven tan lejanas en esos tiempos… pasajes que motivan a la fe, a pedir, a buscar, a llamar, promesas de compañía, de abundancia, de salud… Pero entonces… ¿Qué sucede?

            La Biblia no miente y cada una de ellas es verdad… como así también es cierto, que el contenido real tiene que ver con una vida con otros valores. Los valores del Reino de Dios. Dios no promete anularnos las pruebas, pero sí promete su compañía para pasarlas. Nos brinda su fortaleza y de su paz, a través de Su Espíritu Santo, para caminar por este mundo como los extranjeros que somos en el.

            Aparentemente hubo alguien en el relato bíblico que se sintió en uno de estos momentos:

“Entonces me llenaré de alegría

a causa del Señor mi salvador.

Le alabaré aunque no florezcan las higueras

ni den fruto los viñedos y los olivares;

aunque los campos no den su cosecha;

aunque se acaben los rebaños de ovejas

y no haya reses en los establos.

Porque el Señor me da fuerzas;

da a mis piernas la ligereza del ciervo

y me lleva a alturas donde estaré a salvo.”

Habacuc 3: 17 al 19.

            ¡Que hermosa actitud! Poder alabarle aunque alrededor no haya nada, ni percibamos nada… Aprovechar ese tiempo de “silencio” del Señor para alabarle, desinteresadamente, sin esperar esa “respuesta tardía” que no es tal, ya que Él conoce todas nuestras necesidades antes que se las digamos…

            Quizás, y sólo quizás se ocurre… ese silencio tiene un propósito mucho más profundo… Papá hace silencio para oír nuestra adoración, plena y completa. Entrar en su presencia, recostarte en su regazo y mientras Él “calla”… simplemente decirle: -“Te amo”-

            El lo hizo primero, desde el principio de los tiempos, te amó siempre, te amó desde antes que existieras, te amó cuando dio a su hijo a morir por ti, te amó cuando en Su resurrección te acercó a Él, te amó y te ama siempre… Quizás hace silencio, para oír tu voz, en alabanza y adoración.

            Disfruta de los tiempos de silencio, “aunque la higuera no florezca”…